domingo, 10 de junio de 2012


EN EL NOMBRE DEL CAIRO

―¡Rápido, cava rápido te digo!― Y continuaba moviendo el pico con la poca energía que sobrevivía en sus músculos, forjados desde muy corta edad por el oficio de obrero.
A orillas del mar Rojo, en el valle de Bekerba, se levantaron grandes campamentos con el fin de tener herramientas necesarias para la excavación, mas no por brindar facilidades a los obreros, sino por ahorrar tiempo en el trabajo. Mientras, la ciudad de Marsa Alam comenzaba el comercio del tan distinguido metal.
―Sé que estás cansado, pero debemos seguir― La fuerza surgía desde su interior, escondido y camuflado en aquel valiente hombre. Nunca se le ocurrió que era injusto, solo que era lo que debía hacer, por el bien del faraón y la dinastía. Y continuaban con el pico y la pala, el trabajo y el sudor, las rocas y pepitas de oro en las carretillas.
El Cairo, en su IV dinastía, era vivido por los obreros en las suculentas minas de oro, encerrados y privados de libertad, como esclavos de la luz, donde la falta de oxígeno y el exceso de trabajo forzoso creaban una especie de locura esporádica en sus mentes. Contemplaban una misión importante que sólo ellos podían cumplir.
―Ve más a la derecha. ¡Derecha te digo!― Y el sudor en la frente era secado por un pañuelo improvisado.
Las pirámides de Una estaban en el inconsciente futurista de los faraones, mientras que las pirámides de Gizeh eran la meta de la presente dinastía. El oro de las minas sería suficiente para saciar al más orgulloso faraón en la decoración de tan distinguidas construcciones.
―Vamos, ¿qué sucede? ¿Acaso te has agotado?... ¡En qué estás pensando!... ¿Acaso no sabes que vendrán al anochecer y notarán que no hemos cavado suficiente?― Y el obrero dejó caer el pico y luego su cuerpo. El desvanecimiento fue una escena de malos actores en la que todos observan sin actuar ante aquel que se sale del guión. Cayó sobre las rocas puntiagudas y sobresalientes del suelo rocoso del interior de la mina, sin mayor estruendo ni sorpresa de los presentes.
―Nunca es suficiente― Se dijo así mismo ante lo acontecido. Idea derrotista que no sólo a él lo mantenía pendiente en su labor con aún más fuerza, sin pretender que lo dejase vencer.
El cansancio físico nunca había sido suficiente para desmayar a un egipcio, se necesitaba más. Tal vez junto al miedo interior creó un agotamiento mental que le dio fin a su cuerpo, el cual finalmente cedió.
Alumbrando el camino con un trozo de madera encendida comenzaron a actuar por inercia. La oscuridad mezclada con el denso humo de las llamaradas hubiese hecho imposible la entrada al socavón, pero los obreros lo conocían, ellos lo habían creado y lo recorrían a diario cargando las pesadas herramientas. Esta vez lo que llevaban a duras cuestas no eran los instrumentos para excavar, sino el cuerpo inerte de un obrero más que fallecía en aquel infierno de cuevas frías y oscuras, la única realidad que conocían.
Una fosa profunda se había cavado entre dicha mina y el mar Rojo, en un suave terreno del valle de Bekerba, para depositar en él gran cantidad de egipcios fallecidos en la grandísima obra de vanidad.
―Se nos fue uno más, dentro de poco no habrá espacio para nosotros… ¿Crees que ellos lo noten? ¿Que noten su ausencia?― Sus ojos, cansados y poco acostumbrados a la luz, se entrecerraban al mencionar estas palabras.
―Ellos no. Pero nosotros sí. Ahora tendremos que trabajar más― Así se finalizó la charla y regresaron tal como salieron de la mina de oro, con sus antorchas prendidas, listos para recoger los picos y las palas y continuar su destino, su martirio, su misión en nombre del faraón y en nombre del Cairo.

viernes, 11 de junio de 2010

Una página en blanco


Todo empezó con una página en blanco. Quería escribirte, que supieras ésto. Todo lo que necesitabas saber. Todo lo que quería plasmar en esta página en blanco.
Y el lápiz sin tajar, impaciente por ser usado, por permitirme expresar lo que quiero que sepas. Todo lo que necesito escribir con este lápiz.
Y la hormiguita, caminando sobre el escritorio, como si supiera a donde va, sigue un rastro o será instinto, pero ella quiere llegar. A cualquier lugar o a uno en especial. Pero no se detendrá hasta llegar, aquella hormiguita.
Y la página sigue en blanco y la hormiguita siguiendo su camino, con o sin destino, como el lápiz sin tajar, rodando sobre el escritorio desordenado, empujado por mis dedos.
Y los libros que envidio, porque están escritos, porque saben qué decir, porque expresan todo lo que pretendían plasmar al inicio. Pero en algún momento fueron como mi página en blanco.
Y el viento frío, que entra suavemente y levanta levemente la página, que aún en blanco, hace rodar el lápiz, aún sin tajar, y desorienta a la hormiguita, aquella que no sabe bien a donde llegar.
Y la luna, iluminando la noche, iluminando escasamente mi página en blanco, el lápiz sin punta, la hormiguita sin mapa, el escritorio alborotado, mi alma desnuda, mi mente con tu presencia y todo lo que debes saber.
Y la noche que se burla, que me recuerda que no puedo dormir, que tengo frío, que tengo una página en blanco que llenar con todo lo que necesito decirte, con todo lo que necesito que sepas.
Todos tienen un propósito. La página debe ser llenada, el lápiz debe ser tajado, la hormiguita debe llegar, los libros deben inspirar, la noche debe ayudar a descansar el día, el viento que debe enfriarme, la luna que me recuerda que no me siento bien. Que no me siento bien con esta página en blanco, con mi alma descubierta, con mi mente respirándote y todo lo que tengo que decirte.
Mientras tomo el lápiz noto que la hormiguita ya se marchó. Un tajador es de ayuda, pero el escritorio no me facilita la situación. Tengo los dedos húmedos, las manos me tiemblan y el frío intenso me señala lo que necesito.
El lápiz es útil por fin. El viento deja de soplar. La luna deja de iluminar. Y la noche se marcha como la hormiguita, al despertar el día. Un preciso instante que duró una eternidad me indicó que el tiempo se había detenido, estaba lista para decirte todo lo que tienes que saber, todo lo que necesito que sepas, explicar lo que sucede para que puedas entenderlo todo.
Elevo tranquilamente el lápiz por espacios vacíos donde hace poco recorría un viento frío , las cortinas se sacuden y yo espero que la hormiguita haya llegado a su detino.
Suspiro. Siento mi pulso. Y al ritmo de mis latidos es escrita una palabra sobre la página en blanco.
Me levanto y salgo de la habitación. Con una palabra terminé de decirte todo ésto. Todo lo que necesitas saber. Todo lo que quería plasmar. Una palabra que explicará la situación, dará la más razonable solución, para el que en algún momento fue visto como un problema y liberará mi alma.
Y la página que en algún momento estuvo en blanco, ahora sólo dice: "Adiós".

viernes, 29 de mayo de 2009

A TRAVÉS DEL PASILLO


No había tenido un buen día. Y la noche parecía no mejorarlo. Decidí salir del escritorio en busca de más licor, con el vaso en la mano, abrí la puerta.
-¿Piensas venir?- Susurró ella desde el otro lado del pasillo.
Volteé enseguida. Ella estaba apoyada en la puerta de nuestra habitación, y de la forma como vestía de negro, provocaba mi mirada. El duelo comenzaba entre sus labios y mis ojos, ella atacaba con su cabello que suavemente sacudía y yo me defendía pasando mi mano por la cabeza.
-He de estar soñando…- Suspiré mientras dejaba el vaso sobre la alfombra del pasillo.
Ella acomodaba su mano derecha en su cintura, la izquierda en su cabellera, mientras no dejaba de observarme. Mi decisión por dar un paso adelante fue firme, pero no como el roce de mis pestañas al subir y bajar mis pupilas ante su belleza.
Sentía su piel esperándome, tras una leve brisa que me atraía por su perfume. La tira de su traje caía por su hombro, sin ella notarlo. Estiré mis brazos, y mis dedos se deslizaban por las paredes del pasillo. Descalza, avancé suavemente guiándome por el temblor en mis labios, mientras veía como se mordía los suyos.
Sus manos se abrazaban a sí misma mientras rozaba delicadamente el marco de la puerta. Mis dedos seguían el camino a su cuerpo por las paredes del pasillo, apasionados con la idea de tenerla cerca. Otro paso era dado.
Su mirada era tierna, inspiraba deseo, y yo deseaba inspiración. Ella era un lobo con un mal disfraz de cordero. Y yo lo sabía muy bien.
Ella continuaba mordiéndose los labios y los míos seguían temblando. Mis pasos eran lentos pero seguros. El deseo se hacía más intenso. Y yo dejaba que la emoción fluyera por entre mis venas, provocando bombear más sangre a la que mi corazón estaba acostumbrado.
Ella seguía estimulándome con sólo mirarme y morderse los labios. Yo seguía descalza con los brazos estirados y mis dedos helados por las paredes del pasillo, siguiendo su aroma de mujer, sintiendo sus latidos en mi pecho.
Un paso más y habré alcanzado el inicio del placer, el comienzo del juego de seducción, en el que sólo ganaríamos al llegar al paroxismo de nuestros deseos. Y fue dado tan ansiado paso.
Mi mano en su cintura, sus dedos en mi rostro. Su boca mordiéndome, mis labios temblando. Mi brazo rozó, desde su cuello hasta su cadera, por la espalda. Sus piernas, al igual que sus brazos, se encadenaron a mi cuerpo, que al yo dar un último paso adelante, ella cerró la puerta con la misma sensualidad con la que se había detenido a esperar a que la tomara en mis brazos en aquel marco de la puerta, a través del pasillo.

miércoles, 29 de abril de 2009

INSOMNIO


Son las 2a.m. y aún no puedo dormir. Imaginando. Creando. Intentando ser. Formando planes mezclados con sueños que jamás podrán ser, andar o respirar como yo tengo que hacerlo sin protestar, criticar o alabar a aquel que tomó la decisión de no volverlo a hacer.
Son las 4a.m. y la madrugada se acaba con los sueños que no despiertan. Fantaseando. Inventando. No puedo ser. Juntando las más críticas situaciones en drásticas ideas antes del amanecer, mientras las lágrimas caen tras errores que jamás cometí y dilemas que nunca enfrentaré en esta realidad.
Son las 6 de la mañana y mis ojos cansados se auxilian con la cortina cerrada. Escapando. Huyendo. Queriendo ser. Buscando oportunidades de oro y evitando las de platino, fastidiada por la locura que imagina y crea tras el muro de fortaleza sin existencia.
Son las 8 y aunque no he dormido nada y no estoy cansada, me levanto. Somnolienta. Solitaria. Insomnio que respira mientras yo pretendo ser. Oscuridad que desaparece mientras intento encontrar el sueño. Soledad que acompaña mientras dejo el llanto sobre mi cama, tras la sábana, en mi almohada.

domingo, 19 de abril de 2009

PENA


Una noche sin luna, con soledad y oscuridad a mi lado, los fantasmas nocturnos hacen su aparición. Condenada a sentirlos cada noche sin luna.
Vueltas en la cama, recorro mis sueños y perdiendo interés, se convierten en pesadillas. La angustia me altera. Me siento inquieta y no se cómo controlarlo.
La furia autodestructiva aparece con sus primeros actos desesperados entre una hemorragia de lágrimas, que caen sobre mi almohada como piedras por el peso de la pena contenida y aguantada, no son bien recibidas ni asumidas. Creo que seguirán un largo camino sin detenerse.
Duelen, como si fueran hechas de sangre. Sufro, como si yo me las hubiera provocado.
Pienso en la frustración de no poder secar la manada que cae sobre mi mejilla. Medito en la idea del momento en que se abrió tan grande herida. Y entre pensamientos e ideas, sueños y pesadillas, angustias y desesperaciones, la pena continúa y parece que no tengo la fuerza suficiente para detenerla, para hacerla cesar.
La mentira dicha, mi acto incoherente y mi presión que asume una postura mediocre, me guiaron a sentir pena. Esta incontrolable pena que crece y no cesa, que aumenta y no desaparece, que me condena y no termina. Esta enorme pena, bien merecida, inquieta prosigue en esta noche sin luna.

jueves, 16 de abril de 2009

Y LA INFANCIA OTRA VEZ


El resentimiento que encontré sobre mis hombros pensando aquella tarde, fue el que bruscamente hizo que empezara la terapia de mi inocencia. Mi vida daba vueltas sobre un sol que yo había creado tan irónicamente aislado por rencor y atraído por un sentimiento que el cordón umbilical dejó al caer, había perforado mi capa de ozono, llenando la atmósfera de pensamientos negativos, guiados por el bendito rencor mal adquirido.
Y la infancia salta inocente ante un recuerdo fugaz en estado de confusión frente a un detalle sin importancia. Que tal vez en un mañana llame mi atención.
Entonces sigo adelante y pienso en cada paso dado, cada problema resuelto, cada dilema enfrentado, cada personaje encontrado, que ha ido creando la persona que soy ahora, la sombra de lo que quisiera ser, el ángel y demonio que combate noche y día sólo por despertar y no vivir en un mundo paralelo.
Y la infancia otra vez, saltando y sonriendo, sin temores ni prejuicios, bailando y jugando, sin saber atacar ni tener la necesidad de defenderse, sola distribuyendo sus emociones más inocentes compartiéndolas con sus amigos (porque a esa edad todos son sus amigos).
Pero la vida te enseña de la forma más ruda para asegurarse que aprendas a la primera (sadomasoquista el que tenga que repetir la lección) sin previos avisos, no valen demoras, sólo una oportunidad.
Advertencia dada al nacer. Sin remedios ni pausas, la tos se cura sola y el teatro debe continuar.
Y la infancia otra vez, grita, porque no sabe sufrir en silencio. Desahoga tanto que agota energías para saltar y jugar, llorar y reír. Y de nuevo grita.
En el mundo real sólo gritamos para ser escuchados. Sólo gritamos para llamar la atención ajena, para traspasar la preocupación, volverla ambigua, o en su defecto, vacua. (Callar fue mi error, y hoy lo estoy reclamando).
Y la infancia otra vez, patalea, juega, grita, calla. La escucho, la intento entender. Pero no se me ocurre cómo pude ser capaz de llegar a la desolación absoluta en la que me separara de la realidad, en que mi infancia empezara a callar.
Y al callar empecé a hablar con mis acciones.

miércoles, 15 de abril de 2009

LUNA


He descubierto con asombro que existe un cielo sin estrellas, sólo una luna ilumina la inmensa noche. Sin miedo a la oscuridad, pues la luna me ha de iluminar. Con temor en la oscuridad, pues la noche se ha de acabar. El sol llegará y yo tendré que soñar, con la noche y su luna. Pero el miedo y la penumbra se acercan y me atan. Me amarran a los temores de una vida desentendida pero ciertamente bien adquirida, por una mente cohibida, que aprende a ser atrevida.
Errores ajenos marcaron mi cuerpo y bajo la atadura no hay fuerzas que me liberen. Entonces la luna aparece tan majestuosa y, dulcemente, desata las cuerdas, mas se percata que hay cadenas auto colocadas y sobrepuestas. Se acerca a mi oído y susurra: "... te amo..."
Las cadenas parecen desprenderse pero se ajustan aún más. El temor y mis miedos, la luna y su postura, la noche en mi penumbra. Todo se junta y no hallo respuesta, coherencia, realidad, fuerza. Entonces la luna ilumina la inmensa noche y las cadenas parecen caer en un profundo letargo.
Sus manos se extienden y, al tomarlas, he aceptado. Sus brazos me acogen y he crecido. Su alma me besa y yo he amado. Mis miedos se pierden entre las estrellas en una noche en la que no despiertan. Las cadenas somnolientas saludarán al sol. Pero antes, habré amado a la luna en la inmensidad de la noche, sin miedos ni temores, por el resto de mi vida.