
Una noche sin luna, con soledad y oscuridad a mi lado, los fantasmas nocturnos hacen su aparición. Condenada a sentirlos cada noche sin luna.
Vueltas en la cama, recorro mis sueños y perdiendo interés, se convierten en pesadillas. La angustia me altera. Me siento inquieta y no se cómo controlarlo.
La furia autodestructiva aparece con sus primeros actos desesperados entre una hemorragia de lágrimas, que caen sobre mi almohada como piedras por el peso de la pena contenida y aguantada, no son bien recibidas ni asumidas. Creo que seguirán un largo camino sin detenerse.
Duelen, como si fueran hechas de sangre. Sufro, como si yo me las hubiera provocado.
Pienso en la frustración de no poder secar la manada que cae sobre mi mejilla. Medito en la idea del momento en que se abrió tan grande herida. Y entre pensamientos e ideas, sueños y pesadillas, angustias y desesperaciones, la pena continúa y parece que no tengo la fuerza suficiente para detenerla, para hacerla cesar.
La mentira dicha, mi acto incoherente y mi presión que asume una postura mediocre, me guiaron a sentir pena. Esta incontrolable pena que crece y no cesa, que aumenta y no desaparece, que me condena y no termina. Esta enorme pena, bien merecida, inquieta prosigue en esta noche sin luna.
Vueltas en la cama, recorro mis sueños y perdiendo interés, se convierten en pesadillas. La angustia me altera. Me siento inquieta y no se cómo controlarlo.
La furia autodestructiva aparece con sus primeros actos desesperados entre una hemorragia de lágrimas, que caen sobre mi almohada como piedras por el peso de la pena contenida y aguantada, no son bien recibidas ni asumidas. Creo que seguirán un largo camino sin detenerse.
Duelen, como si fueran hechas de sangre. Sufro, como si yo me las hubiera provocado.
Pienso en la frustración de no poder secar la manada que cae sobre mi mejilla. Medito en la idea del momento en que se abrió tan grande herida. Y entre pensamientos e ideas, sueños y pesadillas, angustias y desesperaciones, la pena continúa y parece que no tengo la fuerza suficiente para detenerla, para hacerla cesar.
La mentira dicha, mi acto incoherente y mi presión que asume una postura mediocre, me guiaron a sentir pena. Esta incontrolable pena que crece y no cesa, que aumenta y no desaparece, que me condena y no termina. Esta enorme pena, bien merecida, inquieta prosigue en esta noche sin luna.
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