
El resentimiento que encontré sobre mis hombros pensando aquella tarde, fue el que bruscamente hizo que empezara la terapia de mi inocencia. Mi vida daba vueltas sobre un sol que yo había creado tan irónicamente aislado por rencor y atraído por un sentimiento que el cordón umbilical dejó al caer, había perforado mi capa de ozono, llenando la atmósfera de pensamientos negativos, guiados por el bendito rencor mal adquirido.
Y la infancia salta inocente ante un recuerdo fugaz en estado de confusión frente a un detalle sin importancia. Que tal vez en un mañana llame mi atención.
Entonces sigo adelante y pienso en cada paso dado, cada problema resuelto, cada dilema enfrentado, cada personaje encontrado, que ha ido creando la persona que soy ahora, la sombra de lo que quisiera ser, el ángel y demonio que combate noche y día sólo por despertar y no vivir en un mundo paralelo.
Y la infancia otra vez, saltando y sonriendo, sin temores ni prejuicios, bailando y jugando, sin saber atacar ni tener la necesidad de defenderse, sola distribuyendo sus emociones más inocentes compartiéndolas con sus amigos (porque a esa edad todos son sus amigos).
Pero la vida te enseña de la forma más ruda para asegurarse que aprendas a la primera (sadomasoquista el que tenga que repetir la lección) sin previos avisos, no valen demoras, sólo una oportunidad.
Advertencia dada al nacer. Sin remedios ni pausas, la tos se cura sola y el teatro debe continuar.
Y la infancia otra vez, grita, porque no sabe sufrir en silencio. Desahoga tanto que agota energías para saltar y jugar, llorar y reír. Y de nuevo grita.
En el mundo real sólo gritamos para ser escuchados. Sólo gritamos para llamar la atención ajena, para traspasar la preocupación, volverla ambigua, o en su defecto, vacua. (Callar fue mi error, y hoy lo estoy reclamando).
Y la infancia otra vez, patalea, juega, grita, calla. La escucho, la intento entender. Pero no se me ocurre cómo pude ser capaz de llegar a la desolación absoluta en la que me separara de la realidad, en que mi infancia empezara a callar.
Y al callar empecé a hablar con mis acciones.
Y la infancia salta inocente ante un recuerdo fugaz en estado de confusión frente a un detalle sin importancia. Que tal vez en un mañana llame mi atención.
Entonces sigo adelante y pienso en cada paso dado, cada problema resuelto, cada dilema enfrentado, cada personaje encontrado, que ha ido creando la persona que soy ahora, la sombra de lo que quisiera ser, el ángel y demonio que combate noche y día sólo por despertar y no vivir en un mundo paralelo.
Y la infancia otra vez, saltando y sonriendo, sin temores ni prejuicios, bailando y jugando, sin saber atacar ni tener la necesidad de defenderse, sola distribuyendo sus emociones más inocentes compartiéndolas con sus amigos (porque a esa edad todos son sus amigos).
Pero la vida te enseña de la forma más ruda para asegurarse que aprendas a la primera (sadomasoquista el que tenga que repetir la lección) sin previos avisos, no valen demoras, sólo una oportunidad.
Advertencia dada al nacer. Sin remedios ni pausas, la tos se cura sola y el teatro debe continuar.
Y la infancia otra vez, grita, porque no sabe sufrir en silencio. Desahoga tanto que agota energías para saltar y jugar, llorar y reír. Y de nuevo grita.
En el mundo real sólo gritamos para ser escuchados. Sólo gritamos para llamar la atención ajena, para traspasar la preocupación, volverla ambigua, o en su defecto, vacua. (Callar fue mi error, y hoy lo estoy reclamando).
Y la infancia otra vez, patalea, juega, grita, calla. La escucho, la intento entender. Pero no se me ocurre cómo pude ser capaz de llegar a la desolación absoluta en la que me separara de la realidad, en que mi infancia empezara a callar.
Y al callar empecé a hablar con mis acciones.
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