martes, 14 de abril de 2009

ASI PASA CUANDO SUCEDE


Mi personalidad estaba limitada por mis propias ideas, que confusas e inquietas, se alteraban ante un estado de desequilibrio emocional. Y provocando diferentes y muy elocuentes acciones, terminaba por construir una ciudad de consecuencias. Propiamente dicho, me acostumbré a una vida sin retorno. A una vida de ensueño y progreso, en el que la vida misma avanzaba sin mí, considerándola en mi propio pensar, como un sueño que no lograba alcanzar. Y que tampoco quería.
Mi vida era dominada por lo básico en mi forma de pensar: el momento. Ahora vivo, hoy sigo viviendo y aquí es donde vivo. La maquiavélica manera de mi pensar me obligó a sincronizar mis neuronas ante otra idea: mi forma de vivir. Y es que si vivía del y en el momento, tenía que vivirlo al máximo, como si fuera el último. E inconscientemente eso era lo que pensaba: éste es mi último segundo. El problema existencial: sufrir las consecuencias propiamente adquiridas en el lapso del momento anterior.
Alguna vez tuve un sueño, y aún lo conservo, pero anda camuflado y cubierto de miedo. Temeroso de sufrir las consecuencias del momento, se esconde tras una pared de incertidumbre. Detrás de aquella pared, mi autoestima lo acompaña.
Alguna vez rocé la felicidad con la punta de los dedos, y aún creo que la puedo alcanzar, pero anda algo distanciado por los dilemas personales que crea el corazón ante el ataque constante del amor y la confianza. Y es que siendo tan sencilla y complicada como soy, mi personalidad crea un sueño verídico que se rige por mis acciones del momento, trayendo como consecuencia los dichosos problemas amorosos.
El dolor ajeno ha dañado constantemente mi sensibilidad. Muestra de esto es la sencilla forma que tengo para arreglar problemas que no me corresponden, e intentar a todo costo jalar una sonrisa a un rostro deprimido. Mi sórdida alegría proviene de la ajena. En invierno u otoño, si la gente es cálida, yo no siento frío.
La soledad suele inclinarme hacia el reconocimiento de mis acciones, a redescubrir el estado en el que me hallo, a encontrar la ubicación de mis errores y a corregir las bien llamadas: consecuencias del momento. Después de todo, puedo afirmar que la soledad no es deprimente, sino la mejor forma de estar acompañada y de ayudarme a reflexionar.
Ahora me deleito observando como mi personalidad crea mi vida, donde recuperaré mis sueños anhelados y obtendré la felicidad ansiada, mientras que el dolor ajeno no afecte mi sensibilidad y la soledad esté a mi lado.

Y es que así pasa cuando sucede, porque cuando pasa lo mismo sucede igual.

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